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Artículo: Dos milagros, dos reacciones

En su Evangelio, Juan relata dos sanidades que constituyen un verdadero contraste. Nos referimos al paralítico junto al estanque de Betesda y al ciego de nacimiento.

Estos episodios se relatan en Juan 5:1-47 y Juan 9:1-10:21, respectivamente, y nos presentan dos panoramas muy similares y opuestos a la vez. La similitud radica en las circunstancias alrededor del evento, y la diferencia se encuentra en la manera en que cada enfermo sanado respondió.


Un paralítico y un ciego

Los dos relatos mencionados comparten ciertos rasgos, que pueden arrojar luz sobre la intención teológica de Juan al incluirlos y detallarlos como lo hace. A continuación listamos algunas similitudes:

  1. El día de reposo. Ambos milagros son realizados en día de reposo, lo cual —según los fariseos— suponía una violación a la ley del sábado. (5:10, 9:14)
  2. La oposición de los líderes judíos. En las dos ocasiones, hay líderes judíos que reprochan agresivamente el desacato contra el día de reposo; y en el caso del ciego, algunos reciben con interés las palabras y acciones de Jesús. (5:16, 9:16)
  3. Un discurso de Jesús dirigido a dos audiencias. Después de cada milagro y cada señal de oposición, Jesús pronuncia un discurso acerca de temas similares: su relación con el Padre, su identidad y su autoridad divina. El tono es agresivo y directo en contra de los líderes judíos que no creen, y es de esperanza y paz para aquellos que creen. (5:19-47; 10:1-18)
Estos elementos dan la impresión de que la intención de Jesús —y de Juan, al relatar— es generar desconcierto y reacciones muy marcadas entre los testigos del milagro, para luego reafirmar dichas posturas por medio del discurso. Sin duda, mientras hablaba, cada facción acentuaba más su reacción inicial, fuera ésta el rechazo o la fe.

De este modo, vemos a Jesús provocando siempre a sus interlocutores a dar un paso más. Algunos lo dan en dirección a Jesús, creyendo en él, conociéndolo mejor, amándolo y adorándolo; otros dan pasos alejándose más de él, reforzando su odio, buscando más razones para atacarlo y desechándolo con mayor violencia.

Veamos ahora las diferencias de los relatos, para comprenderlos mejor.

Sanado e incrédulo

Es notable el énfasis con el que el evangelista describe la opinión del paralítico acerca de Jesús. Desde su primer diálogo, el hombre muestra su falta de fe. Se trata, simplemente, de una persona cansada de su condición y que ha soportado una gran parte de su vida en ese estado. Por tanto, no hay en él indicios de interés en la oferta de Jesús, ni esperanza alguna. Esto es perfectamente comprensible, si pensamos en los 38 años que pasó viviendo así.

Sin embargo, es más llamativo el hecho de que tras ser sanado, no expresa fe en Jesús en ningún momento. Al contrario, parece que decide darle la espalda, pues lo "denuncia" delante de los líderes religiosos, señalándolo como autor de su sanidad. Además, no se menciona en ningún momento que el hombre haya creído; ni siquiera se le describe tomando en cuenta la exhortación de Jesús: "no peques más" (5:14).

Se aleja de Jesús, caminando. Irónicamente no podría alejarse de él si no fuera gracias a su poder. No obstante, decide disfrutar del milagro, pero sin agradecer a Dios ni glorificarlo, sino viviendo para sí mismo, protegiéndose y buscando su propia tranquilidad.

Por otro lado, es importante enfatizar que Jesús, intencionalmente, realiza señales en el día de reposo, con lo cual genera un punto de partida para argumentar y probar su propia naturaleza divina: su vínculo con el Padre. En el discurso generado por este incidente, Jesús habla claramente de la autoridad que tiene de parte de Dios, y de su identidad con Dios.

Las palabras de Jesús van siendo afiladas conforme desarrolla cada idea, hasta llegar a la confrontación directa al decir a los judíos: "si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él." (Juan 5:46) De modo que insiste en orillarlos a dar el paso definitivo: o toman partido por Jesús creyendo sus palabras, o lo rechazan como un total blasfemo.

Un ciego que puede ver

El relato del ciego aparece cuatro capítulos después, y se convierte en la completa antítesis del caso ya mencionado. La narración de este milagro es también notable y, especialmente, los trazos que hace el autor acerca del carácter de este personaje. Su situación puede compararse a la del paralítico: Toda su vida había sufrido ceguera, y estaba condenado a mendigar para sostenerse.

Del mismo modo que con el paralítico, al ciego no se le pide su opinión. Más bien, está en el camino de Jesús y sus apóstoles, y Jesús lo sana, explicando que su condición se debe a que Dios quiere manifestar su gloria en la vida de él. De nuevo Jesús desaparece antes de que el enfermo pueda interpelarlo, y éste es cuestionado por las autoridades, cuya reacción  no se hace esperar.

En cuestión de instantes, los judíos se han dividido: Algunos ven en estas obras la mano de Dios, otros ven a un pecador y un quebrantador de la ley. Nuevamente el día de reposo provoca la polémica, y ellos se sienten en la necesidad de dar su veredicto con respecto al milagro.

El ciego sanado, por su parte, es también retado a responder, y comenzaba a comprenderlo todo. Ha sido testigo de un hecho sin precedentes, y es beneficiario directo de ello. Precisamente ese es el desafío, y él lo capta con toda claridad: "¿Quién es este hombre llamado Jesús, y por qué me sanó?", podrían haber sido pensamientos que cruzaron su mente. "¿Qué debo hacer ahora?"

Mientras tanto, la confrontación que sufre es tajante y feroz. Los líderes judíos lo cuestionan, lo interrogan, dudan de la veracidad de su sanidad y, finalmente, lo excluyen de toda comunión religiosa y social, expulsándolo de la sinagoga. Y ha sido el mismo hombre sanado quien ha provocado y multiplicado el enojo de ellos. Ante la presión, sus convicciones se han fortalecido, su fe ha crecido. Se dirige a ellos con una certeza que va en aumento, y a un alto costo.

De nuevo, Jesús se acerca al recién sanado, invitándolo a creer. La reacción del hombre es inmediata: se postra ante Jesús, expresando su fe. Ya había declarado creer en Jesús como profeta y como enviado de Dios; ahora lo confiesa como Señor y Dios. Las valientes respuestas del hombre ante la confrontación y su acto de adoración hacia Jesús demuestran claramente la comprensión y la fe que tenía.

El discurso de Jesús registrado en los siguientes versículos (Juan 9:39-10:21) presenta con claridad dos tonos y dos destinatarios. Por un lado se dirige a sus "ovejas", como "el buen pastor"; y por otro descalifica a los líderes judíos y los condena fuertemente. Separa a los ciegos de los que ven, en el sentido espiritual. Por ello estas palabras de Jesús son de juicio y bendición, de consuelo y de advertencia. Nuevamente la invitación que lanza es a avanzar, ya sea hacia él y hacia el lado opuesto.

Jesús y su mensaje hoy en día

En nuestros días Jesús sigue actuando. Sigue bendiciendo, y sigue hablando. Su invitación sigue siendo tan filosa como en el primer siglo. No es posible mantenerse indiferentes, ni siquiera estáticos.

Juan nos plantea una relación con Jesús completamente dinámica. Cada experiencia que vivimos con él, cada palabra que escuchamos de él nos invita a dar un paso. Meditemos acerca de nuestro caminar, de hacia dónde nos conducen nuestros pasos.

Podemos aceptar el milagro, disfrutarlo, y darle la espalda; o podemos asumir los costos de seguirlo en un mundo como el nuestro.

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